¿Cuándo una tragedia vial deja de ser un accidente?
Por Agustín Arechavala
Cinco personas murieron en la Ruta 6. Entre ellas, un bebé de apenas dos meses.
La tragedia ocurrida días atrás en San Vicente conmocionó a toda la comunidad. Según la investigación, una camioneta Volkswagen Amarok impactó desde atrás al vehículo en el que viajaba una familia, provocando la muerte de todos sus ocupantes.
Testigos sostienen que la camioneta circulaba a una velocidad cercana a los 180 km/h antes del impacto.
Con el avance de la causa apareció un dato que reavivó el debate público: el vehículo involucrado registraba al menos once o doce infracciones previas, la mayoría vinculadas a excesos de velocidad y cruces de semáforos en rojo.
Y entonces surge una pregunta inevitable.
¿Estamos frente a una simple negligencia al volante o ante algo más grave?
Desde el punto de vista jurídico, la diferencia es enorme.
Tradicionalmente, los accidentes de tránsito se investigan como hechos culposos. Es decir, situaciones en las que una persona no quiso producir el resultado, pero actuó con imprudencia, negligencia o violación de los deberes de cuidado.
Sin embargo, existe una figura que periódicamente reaparece en los tribunales argentinos: el denominado “dolo eventual”.
En términos sencillos, el dolo eventual se discute cuando una persona, aun sin querer directamente el resultado, conoce que su conducta puede producir una tragedia y decide continuar igualmente.
La diferencia parece sutil, pero no lo es.
No es lo mismo equivocarse al conducir que asumir conscientemente riesgos extremos y persistir en ellos.
Por supuesto, determinar si en este caso existió culpa o dolo eventual es una tarea exclusiva de la Justicia.
Las pericias, los antecedentes, la velocidad real del vehículo, las circunstancias del hecho y la prueba que se produzca durante la investigación serán determinantes para arribar a una conclusión.
Hoy la causa se encuentra bajo investigación y el conductor permanece imputado por homicidio culposo agravado por conducción temeraria y exceso de velocidad.
Pero más allá de cómo termine resolviéndose este expediente, el caso deja una reflexión que nos involucra a todos.
Muchas veces se naturalizan conductas que son profundamente peligrosas.
Circular muy por encima de los límites permitidos; Cruzar semáforos en rojop; Realizar sobrepasos indebidos; Conducir distraídos o utilizando el teléfono.
Son infracciones que suelen percibirse como faltas menores hasta que, de un momento a otro, dejan de ser una multa y se convierten en una tragedia.
El tránsito funciona sobre una regla básica: cada conductor confía en que los demás respetarán las normas.
Cuando esa confianza desaparece, el riesgo deja de ser individual y pasa a ser colectivo.
Por eso las velocidades máximas, los semáforos y las reglas de circulación no existen para recaudar ni para complicar la vida de los conductores. Existen porque la experiencia demuestra que detrás de cada límite hay una historia que intentó evitarse.
La investigación judicial determinará las responsabilidades concretas en este caso.
Mientras tanto, la tragedia de San Vicente nos recuerda una verdad incómoda: muchas veces la diferencia entre llegar a destino y destruir varias vidas puede medirse en apenas unos pocos kilómetros por hora.